Natalia Matamoros - Publicado por: Natalia Matamoros, el 5 octubre, 2021

En un café del centro de la Ciudad de México brindan ayuda a migrantes en busca de protección

Ana trasladó a ocho migrantes haitianos con sus pequeños al local del Centro Histórico. En la parte posterior pasaron la primera noche. No estuvieron a la intemperie. Los vecinos en un gesto de solidaridad hicieron una colecta y compraron pollo, arroz, frijoles e hicieron ollas de comida para alimentarlos durante varios días. La mayoría de ellos no solo huyen del hambre y la miseria que azota al país centroamericano, también escapan de las secuelas que dejó el terremoto ocurrido el 14 de agosto del año en curso.

Por: Natalia Matamoros / Espalante

La calle Cuba 34 del Centro Histórico de la Ciudad de México es conocida por la cantidad de restaurantes de salsa. Sus equinas están impregnadas del ritmo caribeño que caracteriza a la isla. A mitad de calle hay un café bohemio, cuyas paredes fungen de galerías, tapizadas con cuadros de artistas plásticos que buscan un espacio en el vasto universo cultural de México. El lugar, bautizado con el nombre de La Resistencia, es punto de encuentro de poetas, escritores, pintores que se dan cita para beber una espumosa taza de café, mientras conversan de las nuevas apuestas del arte popular.

En las últimas semanas se observan algunas personas que ingresan al local con grandes ollas de comida. Otros llevan bolsas, atestadas de ropa. ¿La razón? Es que en sus instalaciones también se ha brindado ayuda a los migrantes que en los últimos días han tomado la sede de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar), en búsqueda de protección. Dentro de ese grupo de artistas que suelen acudir al café, destaca el trabajo de Ana Enamorado, activista de Derechos Humanos que por un grupo de periodistas se enteró de la cantidad de personas entre haitianos, venezolanos y hondureños, que habían llegado a la Ciudad de México, provenientes de Tapachula en búsqueda de trabajo para continuar su travesía hacia Estados Unidos.

“Acudí a la sede de Comar y me topé con imágenes dantescas. Había niños que dormían en las jardineras. Mientras sus padres esperaban ser atendidos por los funcionarios. No tenían comida, ni ropa. Tampoco tenían donde pasar la noche. La mayoría no cargaban dinero para pagar una pensión. Hablé con los propietarios del establecimiento, con vecinos de la zona y nos activamos para ayudarlos”, relata.

Ana trasladó a ocho migrantes haitianos con sus pequeños al local del Centro Histórico. En la parte posterior pasaron la primera noche. No estuvieron a la intemperie. Los vecinos en un gesto de solidaridad hicieron una colecta y compraron pollo, arroz, frijoles e hicieron ollas de comida para alimentarlos durante varios días. La mayoría de ellos no solo huyen del hambre y la miseria que azota al país centroamericano, también escapan de las secuelas que dejó el terremoto ocurrido el 14 de agosto del año en curso.

“En los días posteriores contacté a varias organizaciones, entre ellas a Casa de Refugiados para trasladarlos a albergues. Sin embargo, hay casas de abrigo que están en condiciones precarias para asistir a la población. No tienen agua, otras tienen problemas de electricidad. Mientras que otras sacan a los migrantes durante el día porque carecen de espacios para que ellos desarrollen actividades. Ves a muchos que deambulan por las calles, desorientados y sin saber qué hacer”, relata.

En horas del día Ana se lleva a los migrantes para el local. Allí ellos pueden conectarse a Internet para conversar con sus familiares. Allí cantan, consultan libros. Organizan actividades que por un rato hacen que se les olvide el drama que atraviesan. El lugar se ha convertido en centro de acopio. Las ayudas no se han hecho esperar. Han recibido decenas de prendas de vestir para el frío que se avecina, alimentos no perecederos y pañales. “Hemos corrido la voz y la respuesta de la sociedad civil ha sido maravillosa. La gente sin miramientos se ha abocado a aportar su granito de arena. Aún esperamos respuesta de las ONG´S que contactamos. Pero no se dan abasto para asistir a tantos migrantes”.

Ana lleva más de una década trabajando en pro de las caravanas migrantes. Mientras los agentes del Instituto Nacional de Migración los persigue, los acosa. Ella busca la manera de darles protección. Ha dedicado parte de su vida a esa misión que decidió emprender a raíz de la desaparición de su hijo, Oscar Antonio López. Él en el año 2008 había dejado su natal Honduras. En búsqueda del sueño americano. Con 17 años se fue a Estados Unidos y cruzó por México. Tres años después el joven decidió visitar a Ana en Honduras e intentó hacer la misma travesía. Sin embargo, no pudo reencontrarse con ella. La última llamada que recibió fue en enero de 2010.

Oscar se encontraba en Jalisco y le dijo: “madre estoy en la vía. Pronto nos veremos”. Una vez que colgó no supo más de él. En 2011 Ana llegó a México junto a una caravana de Mujeres Mesoamericanas que habían perdido a sus hijos en la travesía. Hasta la fecha no ha recibido respuesta de las autoridades sobre el paradero de su hijo. “Por eso cada vez que llegan caravanas de extranjeros en búsqueda de ayuda a México, estoy ahí. Les busco techo y comida porque yo sé lo que es pasar necesidades, yo sé lo que es luchar para salir de tu país en la búsqueda de nuevas oportunidades”.

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